A pocos pasos de nuestra falla, en pleno barrio de Velluters, se encuentra un edificio que lleva casi tres siglos enseñando a generaciones de valencianos y que esconde una de las grandes joyas arquitectónicas de nuestra ciudad. Una iglesia inspirada en el Panteón de Roma, una cúpula de récord y una historia llena de curiosidades.
Hay edificios que se ven desde lejos y edificios que hay que descubrir. Las Escuelas Pías de Valencia tienen la curiosa virtud de ser las dos cosas a la vez.
Desde la calle Carniceros, uno ve un colegio. Grande, sí, pero un colegio. Hay que levantar la vista —o cruzar la puerta de su iglesia— para descubrir que, muy cerca de nuestro casal, se encuentra la que está considerada la segunda cúpula de iglesia más grande de España.
En esta nueva entrega de nuestra serie Nuestra Historia nos acercamos a un vecino que lleva casi tres siglos enseñando a leer, a escribir y, de paso, a mirar hacia arriba.
Un santo aragonés que estudió en Valencia
Para entender este edificio hay que viajar primero a la Roma de finales del siglo XVI. Allí, un sacerdote aragonés llamado José de Calasanz abrió en 1597 unas escuelas gratuitas para los niños pobres del barrio del Trastévere.
Era una idea revolucionaria para la época: que los hijos de quienes no podían pagar un maestro también tuvieran la oportunidad de aprender a leer, escribir y contar.
De aquellas aulas nació la orden de las Escuelas Pías, cuyos religiosos conocemos como escolapios.
Un detalle que nos gusta especialmente: antes de marcharse a Roma, Calasanz había estudiado teología, entre otros lugares, en Valencia. Así que, cuando siglo y medio después sus escolapios llegaron a nuestra ciudad, en cierto modo estaban volviendo a casa.
Un conde, un escolapio y un arzobispo
Los escolapios llegaron a Valencia en 1737. Lo hicieron gracias al empeño del conde de Carlet, un noble valenciano que había conocido la labor de la orden en Zaragoza, y al apoyo del arzobispo Andrés Mayoral, que acabaría convirtiéndose en el gran protector del colegio.
Los primeros años no fueron sencillos. La enseñanza era un terreno en el que ya trabajaban otras órdenes religiosas, y la llegada de los escolapios generó algunas resistencias.
Entre quienes contemplaron con recelo a los recién llegados estaban los jesuitas, establecidos en Valencia desde el siglo XVI.
Y aquí aparece una curiosa conexión con nuestra anterior entrega de Nuestra Historia: Ignacio de Loyola, fundador de los jesuitas, se había alojado dos siglos antes en los Palacios de los Eixarchs, cuya historia ya contamos.
Las obras del colegio comenzaron en 1739, bajo la dirección del religioso y arquitecto Blas del Espíritu Santo, y concluyeron en 1742. El edificio se organizó alrededor de un gran patio porticado, con una arquitectura sobria y funcional.
A su alrededor se extendía el barrio de Velluters, lleno de talleres de seda, artesanos y familias trabajadoras. Precisamente el tipo de entorno en el que la educación promovida por Calasanz podía tener una especial importancia.
Con el tiempo, las Escuelas Pías también acogieron a alumnos de familias acomodadas y desarrollaron otras iniciativas educativas, como el Seminario Andresiano, inaugurado en 1763.
La curiosidad de sus antiguas puertas
El colegio no siempre tuvo su entrada principal donde la conocemos hoy.
En sus primeros años, el acceso principal se encontraba en la calle Colomer, sobre cuya puerta figuraba el emblema de la orden. Posteriormente, al abrirse y ampliarse la calle Carniceros, la entrada principal pasó a esta última.
Es un pequeño detalle que nos recuerda cuánto ha cambiado el trazado de nuestras calles desde el siglo XVIII.
Un arzobispo con prisa y una cúpula de récord
Andrés Mayoral no quería que las Escuelas Pías fueran simplemente otro colegio de Valencia. También deseaba dotarlas de una iglesia monumental, diferente a los templos que existían en la ciudad.
En 1767, cuando el arzobispo ya superaba los ochenta años, comenzaron las obras siguiendo el proyecto de José Puchol, en el que también intervino Antonio Gilabert, quien acabaría dando al edificio su aspecto definitivo.
El modelo elegido fue nada menos que el Panteón de Roma.
El resultado fue una iglesia de planta circular, dedicada a San Joaquín, coronada por una enorme cúpula de 24,5 metros de diámetro y una altura interior que alcanza aproximadamente los 48 metros.
Su cubierta de tejas azules vidriadas sobresale entre los tejados del centro histórico y constituye una de las imágenes más reconocibles de Velluters.
Pero Mayoral tenía planes todavía más ambiciosos. Quería ampliar el colegio y decorar con pinturas el interior de la cúpula.
No llegó a verlo terminado. El arzobispo murió en 1769, la financiación se redujo y la iglesia quedó concluida en 1771, sin las pinturas que se habían previsto para su gran bóveda.
Lo que entonces fue una renuncia por falta de recursos acabó convirtiéndose en una de sus señas de identidad: la cúpula desnuda, limpia y monumental es precisamente uno de los elementos que más la acercan a su inspiración romana.
Un interior que merece levantar la vista
Entrar en la iglesia de las Escuelas Pías es descubrir un espacio poco habitual en Valencia.
Su planta circular, las enormes pilastras, las columnas corintias y las capillas distribuidas alrededor del templo producen una sensación de amplitud que sorprende a quien la visita por primera vez.
En su decoración participaron dos grandes artistas valencianos: Ignacio Vergara, responsable de numerosas esculturas, y José Vergara, autor de pinturas y frescos del templo.
También hay un detalle que suele pasar inadvertido: bajo el suelo de la rotonda se encuentra una gran cripta que albergaba el panteón de la comunidad religiosa.
Así que las Escuelas Pías no solo guardan historia por encima de nuestras cabezas. También la conservan bajo nuestros pies.
Alumnos ilustres y tesoros escondidos
En casi tres siglos, por las aulas de las Escuelas Pías han pasado miles de valencianos.
Entre sus antiguos alumnos figuran nombres tan conocidos como el escritor Vicente Blasco Ibáñez y miembros de la familia Benlliure, vinculada a algunas de las páginas más destacadas del arte valenciano.
El colegio conserva, además, un importante patrimonio artístico y bibliográfico.
Uno de sus espacios más interesantes es la Biblioteca de Investigadores, creada tras una reforma de la planta baja en los años noventa. Reúne numerosos volúmenes de los siglos XVII al XIX, procedentes de distintos colegios y bibliotecas particulares, y está abierta a la consulta de investigadores.
Un tesoro bastante desconocido que se encuentra a unos pasos de nuestra falla.
Las Escuelas Pías durante la Guerra Civil
La Guerra Civil también dejó huella en este edificio.
En 1936, la comunidad escolapia sufrió las consecuencias de la violencia religiosa y política de aquellos años. La iglesia y las dependencias del colegio resultaron afectadas y parte de su patrimonio sufrió daños y pérdidas.
El conjunto atravesó uno de los periodos más difíciles de su historia, aunque posteriormente recuperó su actividad educativa y religiosa.
Y es que la historia de las Escuelas Pías no ha transcurrido al margen de la ciudad: ha compartido sus transformaciones, sus dificultades y también sus momentos de recuperación.
Una restauración entre balonazos
Con el paso de los siglos, la enorme cúpula empezó a mostrar señales preocupantes.
Cuatro grandes grietas atravesaban distintos sectores de la bóveda y el tambor. El agua se filtraba por la cubierta, numerosas tejas estaban deterioradas y la linterna que corona la iglesia tenía sus ventanas cegadas, impidiendo la entrada de buena parte de la luz natural.
La restauración se convirtió en un desafío de enormes dimensiones.
El equipo dirigido por el arquitecto Luis Cortés Meseguer, de la Universitat Politècnica de València, combinó técnicas tradicionales con herramientas modernas como escáneres láser, drones, estudios térmicos y modelos digitales.
Para trabajar sobre la cúpula fue necesario instalar un espectacular andamio de 75 toneladas, diseñado para apoyarse sobre el tambor sin cargar directamente sobre la bóveda.
Y todo ello mientras el colegio seguía funcionando.
Porque había un pequeño inconveniente: junto a las obras continuaban las clases y los recreos de alrededor de un millar de alumnos. Había que compaginar la restauración de una joya arquitectónica con la actividad diaria de un colegio.
Hasta los balonazos del patio se convirtieron en una cuestión que había que tener en cuenta.
Treinta y dos mil tejas, cuatro azules y mucha paciencia
La cubierta de la cúpula está formada por aproximadamente 32.000 tejas, que tuvieron que revisarse cuidadosamente.
Unas 7.000 necesitaron ser sustituidas.
Pero no bastaba con colocar tejas nuevas. Para respetar el aspecto original, se estudiaron los distintos tonos de azul existentes y se fabricaron artesanalmente piezas en cuatro tonalidades diferentes.
También se emplearon morteros tradicionales de cal para reparar las grietas y se recuperaron elementos decorativos que habían quedado ocultos o deteriorados.
La intervención, desarrollada entre 2018 y 2025, ha permitido devolver a la cúpula buena parte de su esplendor.
Un premio europeo y un rayo de sol en el altar
El esfuerzo tuvo recompensa.
En 2026, la restauración de la cúpula recibió uno de los Premios Europeos del Patrimonio / Premios Europa Nostra, uno de los reconocimientos más prestigiosos de Europa en materia de conservación del patrimonio cultural.
Pero quizá uno de los resultados más curiosos de la restauración no tenga que ver con las tejas ni con los andamios.
Al recuperar las ventanas de la linterna, la luz natural volvió a entrar desde lo alto del templo. Los estudios realizados revelaron que, el 26 de julio, festividad de San Joaquín, los rayos solares alcanzan el altar principal cuando el sol llega a su punto más alto.
Un detalle que relaciona la arquitectura del edificio con el santo al que está dedicada la iglesia.
Casi tres siglos después de su construcción, la cúpula todavía tenía algo nuevo que enseñarnos.
Las Escuelas Pías en cinco datos
- Una idea nacida en Roma. San José de Calasanz impulsó en 1597 la enseñanza gratuita para niños pobres. Antes había estudiado en Valencia.
- Un colegio de 1737. Los escolapios llegaron gracias al conde de Carlet y al apoyo del arzobispo Andrés Mayoral. El edificio comenzó a construirse en 1739.
- Una cúpula de récord. Con 24,5 metros de diámetro, es una de las mayores cúpulas de iglesia de España y la más grande de Valencia.
- Un proyecto inacabado. La muerte de Mayoral en 1769 redujo la financiación y dejó la gran cúpula sin las pinturas previstas.
- Un premio europeo. La restauración finalizada en 2025 fue reconocida con el Premio Europa Nostra 2026.
Un vecino que nos invita a mirar hacia arriba
Así que, la próxima vez que pases por la calle Carniceros, levanta la vista.
Ese azul que asoma entre los tejados es el sueño de un arzobispo del siglo XVIII, el trabajo de generaciones de arquitectos y artesanos y una parte importante de la historia de nuestro barrio.
Mientras tanto, abajo siguen entrando alumnos, sonando los timbres y llenándose de vida los patios del colegio.
Porque las Escuelas Pías no son solo un monumento. Son también uno de esos vecinos que llevan toda la vida con nosotros y que todavía tienen muchas historias que contar.
Seguimos descubriendo nuestro barrio, nuestra gente y nuestra historia.
Somos Pintor Domingo.















