Si alguien nos dijera que en una misma calle de Valencia vivieron un caballero de Jaime I, unos comerciantes de seda recomendados por un rey, un futuro santo, un rector de la Universidad y una comunidad de monjas, y que todo eso cabe en cinco portales, podríamos pensar que exageramos.
Pues no. Basta con salir de nuestro casal, en la Calle Eixarchs 14, y mirar al frente.
Lo que tenemos delante son los restos de una gran manzana noble medieval que hoy conocemos como los Palacios de los Eixarchs. Y como en la Falla Pintor Domingo – Guillem de Castro nos gusta saber a quién tenemos de vecinos —aunque lleven allí desde el siglo XIII—, nos hemos puesto a investigar quiénes eran los Eixarch y por qué su casa parece un rompecabezas arquitectónico.
Spoiler: hay espadas, comercio textil de alto copete, un santo de huésped, unas monjas que aguantaron casi un siglo y una avenida que se quedó con las ganas.
Unos vecinos que llegaron con Jaime I
Los Eixarch (o Exarchs, según el día y el escribano) no eran precisamente recién llegados. Su historia en Valencia empieza en el siglo XIII, cuando un caballero llamado Pedro de Eixarchs acompañó a Jaime I en la conquista de la ciudad en 1238. Como recompensa, la familia se estableció en unos terrenos estratégicos justo a espaldas de la iglesia de los Santos Juanes, a un paso del Mercado y de lo que más tarde sería la Lonja.
Ahora bien, una pequeña advertencia. Buena parte de lo que se cuenta de aquel primer Eixarch procede de las Trobes de Mossén Jaume Febrer, unos versos que repasan los linajes y escudos de los caballeros que acompañaron al rey. El problema es que muchos historiadores sospechan que las Trobes no se escribieron en el siglo XIII, sino varios siglos después.
Es decir, que más de una familia valenciana presumió de antepasados gracias a un libro bastante más joven de lo que aparentaba.
Lo que sí está bien documentado es que los Eixarch estaban en Valencia desde época medieval. Y que no se dedicaron solamente a limpiar la espada.
Seda, cargos públicos y una capilla en los Santos Juanes
Con los siglos, la familia demostró tener un ojo clínico para los negocios. En documentos reales aparece el rey Alfonso el Magnánimo recomendando a miembros de la familia para el comercio entre Valencia y el Reino de Granada, especialmente de seda y tejidos granadinos. Básicamente, vistieron a la alta sociedad de la época.
También ocuparon cargos de jurados, consejeros reales e incluso de mustassaf, el oficial encargado de vigilar que los comerciantes no hicieran trampas con los pesos y las medidas.
Es decir, la misma familia que vendía telas de lujo se encargaba también de controlar que nadie engañara en el mercado. El terror de los vendedores medievales.
Y cuando la iglesia de los Santos Juanes sufrió un gran incendio en 1362, los Eixarch contribuyeron a reconstruir el altar mayor. A cambio, se aseguraron una capilla funeraria propia. Negocios son negocios, incluso de cara al más allá.
El palacio que se multiplicó por cinco
El conjunto que hoy vemos llama la atención por su asimetría. En los siglos XIV y XV, todo parece indicar que se trataba de una única gran casa señorial. Pero las herencias hicieron su trabajo: a medida que la familia crecía y las propiedades se repartían, el caserón original se fue dividiendo hasta dar lugar a cinco viviendas independientes, hoy numeradas del 3 al 11.
Cualquiera que haya participado en el reparto de una herencia entre hermanos puede imaginar el resultado.
Lo curioso es que, aunque por fuera cada propietario adaptó su fachada al gusto —o al presupuesto— de su época, por dentro las casas seguían conectadas. De hecho, los números 3, 5 y 7 forman todavía hoy una construcción unitaria: desde la calle parecen tres casas claramente separadas, pero en su interior la distribución es la de una sola casa grande.
Tres fachadas, una casa. Un caso bastante peculiar de comunidad de vecinos.
Un santo en el número 3
Si pudiéramos colarnos en el interior a través del tiempo, el número 3 sería la joya de la corona. Según la tradición, en 1535 Ignacio de Loyola se alojó en estas casas durante su visita a Valencia. Por entonces todavía no había fundado la Compañía de Jesús y, desde luego, nadie lo llamaba santo.
La estancia dejó tanta huella que en el siglo XVII se construyó en el edificio una capilla dedicada a él.
Muchas casas presumen de que allí durmió algún personaje ilustre. Pocas pueden decir que el huésped acabó en los altares.
En el siglo XVIII, el palacio se sometió a una reforma barroca. De esa época es el patio, con un majestuoso arco rebajado de piedra que da paso a una espectacular escalera descubierta de mármol. Subir por ella con los trajes de la época debía de requerir cierta destreza. Algunas dependencias conservaban, además, cocinas decoradas con el tradicional azulejo valenciano.
Rectores, monjas y un portalón superviviente
Con el declive de la familia, los palacios fueron cambiando de manos y de usos durante los siglos XIX y XX.
En el número 7 vivió la familia del jurista Eduardo Pérez Pujol (1830-1894), que fue rector de la Universitat de València. Una placa en la calle recuerda todavía que murió allí.
El número 9 se convirtió en 1930 en la casa de una comunidad de Hermanas Terciarias Capuchinas de la Sagrada Familia, congregación fundada por el valenciano Luis Amigó. Allí funcionó el colegio «Jesús, José y María», y las religiosas resistieron de forma numantina hasta 2022. Cuando la falta de vocaciones dejó la comunidad en apenas cinco monjas, el edificio se vendió.
El número 11 tuvo peor suerte: fue derribado en 1990. En su lugar se levantó un edificio moderno, pero se conservó el enorme portalón original del siglo XIV, único recuerdo del antiguo palacio.
Una puerta medieval para un edificio de los noventa. La historia, a veces, se conforma con lo que puede salvar.
La avenida que no llegó a tiempo
Pero si hay un episodio que demuestra que estos palacios han tenido suerte, es su encuentro con el urbanismo del siglo XX.
Durante décadas se proyectó la Avenida del Oeste —la actual avenida del Barón de Cárcer—, que debía atravesar el centro en línea recta desde la plaza de San Agustín hasta el Portal Nou. Y una avenida en línea recta, en una ciudad medieval, solo puede significar una cosa: derribos.
La avenida fue avanzando y llevándose por delante todo lo que encontraba. Iba directa hacia los Palacios de los Eixarch. Sin embargo, entre problemas de presupuesto, cambios en el proyecto del arquitecto Javier Goerlich y parones burocráticos, las obras se detuvieron justo a espaldas de los palacios.
Los salvó, en buena medida, que el proyecto se quedó sin dinero.
No es la forma más heroica de proteger el patrimonio, pero funcionó.
Y ahora… un hotel
La historia de los palacios no se ha detenido. En 2024 el Ayuntamiento concedió licencia para rehabilitar los números 3, 5 y 7 y convertirlos en un complejo hotelero con apartamentos turísticos. El proyecto prevé reabrir huecos originales en muros que llevaban tiempo cegados, devolviendo en parte la comunicación interior que tuvo la casa.
Si todo sale según lo previsto, el palacio volverá a recibir huéspedes. Aunque el listón está alto: el más famoso que tuvo fue San Ignacio de Loyola.
Los Palacios de los Eixarchs en cinco datos
Para quien quiera presumir de vecinos sin repasar siete siglos de golpe:
- Llegaron con el rey. Los Eixarch se establecieron junto a los Santos Juanes tras la conquista de Valencia por Jaime I, en el siglo XIII.
- Eran gente de seda. Comerciaron con tejidos entre Valencia y Granada y ocuparon cargos públicos como el de mustassaf.
- Un palacio, cinco casas. Lo que fue una gran casa señorial acabó dividido en cinco viviendas, del número 3 al 11 de nuestra calle.
- Tuvieron un huésped de altura. Según la tradición, Ignacio de Loyola se alojó en el número 3 en 1535, y en el siglo XVII se le dedicó una capilla.
- Sobrevivieron a una avenida. La Avenida del Oeste se detuvo justo a sus espaldas.
Un vecino con solera
Así que, la próxima vez que salgas a la Calle Eixarchs durante un pasacalle o a comentar la jugada de los monumentos, mira al frente. Estás ante un conjunto que ha sobrevivido a la conquista, a las herencias, a las reformas barrocas, a los cambios de inquilinos y a la mismísima Avenida del Oeste.
Un vecino con solera para una falla con historia.
Y, visto lo visto, un vecino con mucha paciencia: lleva toda nuestra vida viendo cómo plantamos fallas delante de su puerta y no se queja.

















