Si alguien nos dijera que un dramaturgo del Siglo de Oro fue capitán de caballería, gobernador en Italia, miembro de una academia literaria, protegido de un duque, amigo de Lope de Vega, admirado por Cervantes y Gracián, autor de dramas sobre el Cid y, además, terminó sus días con problemas económicos, podríamos pensar que estamos ante el protagonista de una serie histórica.
Pues no. Estamos ante Guillem de Castro, uno de los dramaturgos más interesantes —y quizá menos conocidos hoy— del Siglo de Oro español.
Y su vida tuvo prácticamente de todo: amor, guerra, literatura, política, viajes, academias, duques, reyes, traiciones, duelos, matrimonios complicados y, por supuesto, mucha gente enfadándose por cuestiones de honor.
Un valenciano con espada y pluma
Guillem de Castro y Bellvís nació en Valencia en 1569, en el seno de una familia ilustre. Y, por lo que sabemos de su trayectoria, no parece que fuera de esos escritores que pasan toda la vida encerrados en una habitación escribiendo mientras miran melancólicamente por la ventana.
Durante su juventud ejerció como capitán de caballería de la costa y participó activamente en la vida pública y cultural valenciana. En la década de 1590 empezó a destacar también como poeta y frecuentó fiestas, justas literarias y academias. En resumen, Castro tuvo una vida bastante movida.
En 1592 realizó su primera lectura poética en la famosa Academia de los Nocturnos, una institución literaria valenciana en la que escritores y aficionados se reunían para leer y comentar versos.
El nombre de la academia ya tiene algo de novela gótica: Los Nocturnos. Uno casi espera que, al terminar la reunión, alguien diga:
—Señores, la poesía ha sido excelente. Ahora apaguemos las velas y vayamos a conjurar a un espíritu.
Pero, probablemente, se limitaban a discutir sobre poesía.
También tuvo tiempo para enamorarse, casarse y enviudar
En 1595, Castro se casó con Marquesa Girón de Rebolledo. Tuvieron una hija, que murió siendo todavía muy joven, y poco después Guillem quedó viudo.
La vida personal de Castro estuvo marcada por pérdidas y dificultades, algo que probablemente ayuda a entender el peso que tienen en su teatro asuntos como el amor, el honor, la lealtad, la amistad y los conflictos familiares.
Porque en el teatro de Castro el amor rara vez funciona de manera sencilla. Enamorarse puede llevar a enfrentarse con un rey, desafiar a un enemigo, vengar a un padre o acabar en una situación en la que uno empieza a pensar que quizá habría sido más práctico quedarse soltero.
Valencia: literatura, academias y mucho teatro
La Valencia de finales del siglo XVI y comienzos del XVII era uno de los grandes focos culturales y teatrales de la época, y Castro estaba perfectamente integrado en ese ambiente.
En 1601 ya era procurador general del duque de Gandía, Carlos de Borja, aunque eso no le impidió continuar participando en actividades literarias. En 1602, por ejemplo, intervino en una justa poética dedicada a San Raimundo de Peñafort.
Es decir, podía ocuparse de asuntos administrativos y, al mismo tiempo, ponerse a competir con otros poetas para demostrar quién escribía los mejores versos. Una combinación bastante peculiar de funcionario, militar y escritor.
Y entonces llegó Italia
En 1606-1607, Castro marchó a Italia y fue nombrado gobernador de Scigliano, en el Reino de Nápoles, al servicio del virrey, el conde de Benavente.
No deja de resultar curioso imaginar a un dramaturgo dedicado a escribir tragedias y comedias ejerciendo también de gobernador en tierras italianas. Aunque, pensándolo bien, después de escribir sobre reyes, traiciones y conflictos familiares, quizá estaba especialmente preparado para la política.
En 1608 aparecieron publicados El caballero bobo y El amor constante, dentro de una antología de autores valencianos. Al año siguiente regresó a Valencia.
El encuentro con Lope de Vega
Uno de los episodios más importantes de su trayectoria literaria fue su relación con Lope de Vega. Castro conoció y admiró a Lope, y ambos mantuvieron una relación de amistad y reconocimiento mutuo.
Lope incluso escribió el soneto Dido y Eneas en honor de Castro y le dedicó Las almenas de Toro. Castro, por su parte, dedicó a Marcela, hija de Lope, la primera parte de sus comedias.
Aquí conviene hacer una pequeña aclaración: decir que Castro estuvo influido por Lope no significa que fuera simplemente una especie de «Lope de Vega versión valenciana». Castro tenía personalidad propia y su teatro se encuentra precisamente en un interesante punto de transición entre la tradición renacentista y las nuevas formas dramáticas que triunfaban con Lope.
Y, de hecho, fue admirado también por otros escritores importantes de la época, entre ellos Miguel de Cervantes y Baltasar Gracián.
No está nada mal el club de admiradores.
Una academia con un nombre bastante espectacular
Hacia 1616, Castro fundó en Valencia una nueva academia literaria, Los Montañeses del Parnaso, y fue además su presidente.
El nombre parece sacado de una película de aventuras mitológicas. «Los Montañeses del Parnaso». Uno imagina que para entrar había que presentar un soneto, subir una montaña y superar tres pruebas de métrica castellana.
En realidad, era una academia literaria más de las muchas que contribuyeron al ambiente cultural de la época.
Pero el nombre, hay que reconocerlo, tenía personalidad.
Madrid: fama literaria y problemas de dinero
A comienzos de 1619, Guillem de Castro se instaló en Madrid bajo la protección del duque de Osuna. Allí se consolidó su fama como dramaturgo y poeta, pero ocurrió algo bastante menos glorioso: también se hicieron cada vez más visibles sus problemas económicos.
Porque el Siglo de Oro podía ser de oro para la literatura, pero no necesariamente para el bolsillo de los escritores.
Castro volvió a casarse en 1626, esta vez con Ángela Salgado, dama de la duquesa de Osuna. El matrimonio le proporcionó cierta estabilidad económica, aunque temporal. Murió en Madrid en 1631 y, según diversos documentos, lo hizo en una situación de pobreza.
Una conclusión bastante amarga para alguien que había sido militar, gobernador, poeta, dramaturgo, presidente de una academia y amigo de algunas de las grandes figuras literarias de su tiempo.
Y entonces apareció el Cid
Si hoy conocemos a Guillem de Castro, probablemente sea sobre todo gracias a una obra: Las mocedades del Cid.
Y aquí comienza la parte realmente divertida.
Castro decidió contar la juventud de Rodrigo Díaz de Vivar, pero no estamos ante un Cid tranquilo, reflexivo y dedicado a contemplar el paisaje castellano. Estamos ante un joven que tiene que resolver rápidamente una cantidad extraordinaria de problemas.
Primero, el padre de Rodrigo, Diego Laínez, es ofendido gravemente por el conde Lozano. Rodrigo decide enfrentarse a él, algo bastante razonable para los estándares del Siglo de Oro.
Problema adicional: Rodrigo está enamorado de Jimena, que resulta ser precisamente la hija del conde.
Sí. Exactamente.
El padre de tu amada ofende a tu padre y tú acabas matando al padre de tu amada.
Si esto fuera una comedia romántica moderna, probablemente acabaría en el minuto diez.
Pero estamos en el Siglo de Oro.
El amor y el honor: una combinación explosiva
Rodrigo mata al conde Lozano y Jimena, que ama a Rodrigo, tiene ahora un pequeño conflicto de intereses.
Por un lado:
—Este hombre es el amor de mi vida.
Por otro:
—Este hombre ha matado a mi padre.
Y por encima de todo está el honor.
Así que Jimena acude al rey para pedir justicia contra Rodrigo. Aquí Castro construye uno de los grandes motores de su teatro: personajes que aman una cosa y, al mismo tiempo, están obligados a defender otra.
El corazón dice una cosa. El honor dice otra.
Y el argumento dice: «Todavía queda muchísimo por complicar».
Rodrigo se convierte en el Cid
Mientras Jimena espera justicia, Rodrigo decide marcharse al campo de batalla con quinientos vasallos. Y, naturalmente, le va bastante bien: derrota a varios reyes musulmanes, consigue que se reconozca su poder y empieza a ser llamado Cid.
Mientras tanto, el rey quiere comprobar qué siente realmente Jimena y le anuncia que Rodrigo ha muerto.
Jimena se desmaya.
Después, para ocultar sus sentimientos, llega a prometer su mano a quien consiga llevarle la cabeza del Cid. Una solución ligeramente extrema para disimular un enamoramiento.
Pero entonces aparece un campeón dispuesto a cumplir la misión.
¿Y quién lo derrota?
Exactamente: Rodrigo.
Después de todas estas peripecias, Rodrigo termina casándose con Jimena. El hombre que mató a su padre.
Porque, en el teatro del Siglo de Oro, las relaciones sentimentales podían requerir una cantidad considerable de terapia familiar.
De la obra de Castro a Corneille
Las mocedades del Cid tuvo una repercusión enorme. Tanto que llegó hasta Francia, donde Pierre Corneille se inspiró en ella para escribir Le Cid, una de las grandes obras del teatro francés.
Así que, indirectamente, Guillem de Castro contribuyó a que el Cid conquistara también los escenarios franceses.
Nada mal para un dramaturgo valenciano que hoy no siempre recibe la atención que merece.
El Cid vuelve… y la cosa se complica todavía más
Castro escribió otra obra relacionada con el héroe: Las hazañas del Cid, publicada en 1618. Aquí Rodrigo tiene un papel mucho más secundario y la trama gira alrededor de las luchas entre Sancho II de Castilla, su hermano Alfonso VI de León y su hermana Urraca.
Y, por supuesto, aparecen traiciones, asesinatos, desafíos y combates.
Uno de los episodios más famosos es el enfrentamiento entre Diego Ordóñez de Lara y los defensores de Zamora. Castro se inspira directamente en el Romancero, llegando incluso a incorporar romances completos.
Si Las mocedades del Cid tiene una estructura más centrada en los conflictos personales, Las hazañas del Cid resulta mucho más compleja y episódica. Hay tantos personajes, alianzas y cambios de lealtad que casi haría falta entregar al público un mapa antes de empezar la función.
Pero Castro no vivió solamente en la España del Cid
Y aquí está una de las cosas más interesantes de su producción: Guillem de Castro escribió muchísimo y sobre asuntos muy diferentes.
Podemos encontrar dramas históricos, como Las mocedades del Cid y Las hazañas del Cid; comedias de capa y espada, como Los malcasados de Valencia; obras mitológicas, como Progne y Filomena; historias de tradición clásica, como Los amores de Dido y Eneas; obras de carácter legendario, como El conde Alarcos; comedias como El perfecto caballero y muchas otras relacionadas con asuntos políticos, amorosos, familiares y de honor.
En total se le atribuye una producción de alrededor de una treintena de títulos.
El gran tema: personajes que no saben qué hacer con sus sentimientos
Si hubiera que resumir el teatro de Castro en una sola idea, podríamos decir que le interesaban muchísimo los conflictos emocionales. Sus personajes suelen encontrarse atrapados entre sentimientos y obligaciones: amor frente a honor, amistad frente a deber, familia frente a justicia o deseo frente a autoridad.
Y, por supuesto, la eterna pregunta:
«¿Qué hago ahora que me he enamorado de la persona menos conveniente posible?»
Sus obras presentan reyes tiránicos, matrimonios difíciles, venganzas, amistades puestas a prueba y personajes que tienen que tomar decisiones complicadas. Por eso sus dramas pueden alcanzar una intensidad psicológica considerable.
No se trata solamente de quién gana una batalla. Importa también qué siente el personaje mientras la batalla ocurre.
El curioso caso del «gracioso»
Como buen dramaturgo del teatro barroco, Castro también utiliza figuras y situaciones que se convertirían en habituales de la comedia española, entre ellas el gracioso.
En medio de tanta tragedia, honor, muerte, venganza y problemas familiares, estos personajes introducen una perspectiva diferente. Porque incluso en una obra en la que alguien acaba de desafiar a otro a muerte, parece que siempre hay sitio para que alguien diga algo que rebaje un poco la tensión.
El Siglo de Oro tenía una curiosa capacidad para mezclar lo solemne y lo cómico.
Un escritor eclipsado por una sola obra
Y aquí está probablemente la gran paradoja de Guillem de Castro. Tiene una producción amplia y variada, fue admirado por Cervantes y Gracián, amigo de Lope de Vega, participó activamente en la vida cultural valenciana, ejerció cargos políticos y militares, vivió en Italia, escribió alrededor de treinta obras y consiguió que una de sus piezas inspirara nada menos que a Corneille.
Pero, cuando se habla de él, casi siempre aparece la misma obra:
Las mocedades del Cid.
Es como si un grupo musical publicara quince discos y uno de ellos contuviera la canción que todo el mundo conoce. Después de treinta años, alguien dice:
—¿Te acuerdas de aquel grupo?
—Sí, el de aquella canción.
Pues algo parecido le ocurrió a Castro.
Guillem de Castro en cinco datos
Para quien necesite recordarlo sin tragarse todo el Siglo de Oro de golpe:
1. Era valenciano. Nació en Valencia en 1569 y perteneció a uno de los ambientes teatrales y literarios más activos de la época.
2. No fue solamente escritor. Fue militar, desempeñó cargos administrativos y fue gobernador de Scigliano, en Italia.
3. Conoció a Lope de Vega. Ambos fueron amigos y mantuvieron una relación de admiración literaria.
4. Escribió sobre prácticamente de todo. Cid, mitología, historia, amor, honor, conflictos familiares, capa y espada…
5. Su obra más famosa viajó hasta Francia. Las mocedades del Cid sirvió de inspiración para Le Cid, de Pierre Corneille.
Un final poco digno para un gran dramaturgo
Guillem de Castro murió en Madrid en 1631. Había vivido entre academias literarias, escenarios, viajes, cargos públicos, amistades con grandes escritores y conflictos económicos.
Su trayectoria resume bastante bien las contradicciones del Siglo de Oro: una época de extraordinaria riqueza cultural, pero en la que triunfar literariamente no garantizaba precisamente una jubilación tranquila.
Y quizá por eso resulte tan interesante recuperar su figura. Porque detrás del nombre que aparece en los manuales de literatura hubo un hombre que vivió una vida bastante más complicada que la de un simple «dramaturgo barroco».
Fue soldado y poeta, gobernador y escritor, amigo de Lope y admirado por Cervantes. Creó academias, viajó a Italia, vivió en Valencia y Madrid, escribió sobre héroes, reyes, amantes y traidores…
Y consiguió que un joven Cid que tenía el pequeño inconveniente de haber matado al padre de su novia acabara convirtiéndose en uno de los grandes personajes del teatro europeo.
No está mal para una carrera literaria.
Aunque, visto lo visto, quizá el verdadero héroe de sus obras no fuera el Cid.
Fue Guillem de Castro, que consiguió sobrevivir a todos sus personajes.










