Pertenecemos a una Falla centenaria del barrio del Pilar de Valencia, con nombres de calles emblemáticas en nuestra demarcación, como lo son la Pintor Domingo o Guillem de Castro. Si bien Guillem de Castro nos suena por el notable dramaturgo del siglo de oro español, coetáneo de Lope y a quien ayudó en su período de destierro en nuestra ciudad, desconocemos casi por completo la importancia del Pintor Domingo, aunque me resulte familiar de toda la vida pues mi abuelo vivió siempre en el número 8 y mi infancia y juventud discurrió en ella. Y resulta curioso.
Injustamente olvidado para el gran público, no así para los amantes del arte y la historia pues es considerado con Sorolla y Pinazo, la Santísima Trinidad del impresionismo valenciano. Además junto a los Benlliure, Peris Brell, Navarro Llorens, Benedito, Stolz, Dubón, Vila Prades constituyeron una generación única entre la segunda mitad del siglo XIX y la primera del XX en nuestra Comunidad.
Poco se sabe de sus primeros años, excepto que, hijo de un comerciante valenciano, a Francisco Domingo Marqués nació en la calle Comedias. En 1862 inició sus estudios en la Academia de S. Carlos de Valencia mientras asistía como aprendiz al taller de Rafael Montesinos, notable paisajista en aquella época. Al siguiente curso se traslada a Madrid a la Real Academia de Bellas Artes de S. Fernando, entonces bajo la dirección de D. Federico Madrazo.
De vuelta a Valencia, con solo veintitrés años, es nombrado profesor de dibujo del natural, del antiguo y del paisaje de la Academia de S. Carlos asistiendo a su clase los hermanos Benlliure comenzando una relación que derivaría en una amistad que se profesarían el resto de sus vidas. Se instala en el Llano de Zaidía, fundando un taller escuela conocido como «La Gallera» en donde tiene como alumnos, entre otros, a Emilio Sala y al propio José Benlliure, transformándose con sus tertulias nocturnas en el verdadero centro cultural de la ciudad y lugar de encuentro obligado para bohemios y artistas de todas las bellas artes de Valencia.
Al presentarse a exposiciones nacionales y regionales, muy pronto obtiene premios y reconocimiento. Con su ‘Los moriscos valencianos pidiendo protección al beato Juan de Ribera’, o abreviadamente ‘La expulsión de los Moriscos de Valencia’, consigue una mención honorífica en la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1864 y tercera medalla en 1866 por ‘Un lance en el siglo XVII’. Este mismo cuadro lo presenta al año siguiente a la Exposición Regional Valenciana, alcanzando la medalla de oro, lo que irá acompañado de una pensión de la Diputación para seguir estudios en Roma.
En este período inicia su amistad con Muñoz Degraín, a quien admira, visitándolo frecuentemente en su estudio, inmortalizándolo en su famoso cuadro ‘Interior del estudio de Muñoz Degraín’, con autorretrato incluido y comenzando sus retratos, de los que llegaría a pintar más de doscientos a lo largo de su carrera, la mayoría anónimos, pero también reclamado por personajes famosos del momento. En ‘La Gallera’ terminará el ‘Retrato de Manuel Ruíz Zorrilla’, ministro de fomento de la Primera República y un tiempo antes al mismísimo general Prim, antes de que cayera herido muerte en el atentado de la calle del Turco.
Artista inquieto y ecléctico, antes de irse a Roma aún le da tiempo de realizar las pinturas al fresco del Convento de S. Julián en la calle Sagunto con su amigo el pintor Peyró.
En 1868 llega a la ciudad eterna bajo la dirección de Eduardo Rosales, influyendo en su pintura o lo que es lo mismo, impregnándose de los grandes maestros Velázquez y Goya. Coincide su estancia con Mariano Fortuny a quien frecuentará en sus cenáculos produciéndole un gran impacto su pintura romántica y orientalista y admirándolo hasta su precoz fallecimiento.
En Roma practicará el formalismo de la pintura histórica y desde allí seguirá enviando sus obras a exposiciones nacionales y regionales. Con ‘El último día de Sagunto’ —puede admirarse actualmente en la Diputación de Valencia— consigue una mención, pero será con su ‘Sta. Clara’, en la más pura tradición de la interpretación que los pintores españoles del tercer cuarto de siglo hicieron de la pintura española del siglo de oro donde alcanza la mención de primera clase, otorgándole notoriedad y respeto a nivel nacional.
En 1872 se va a Madrid, intensificando su obra por la reciente popularidad. Sigue con sus retratos —notable su ‘Zapatero de viejo’— y comienzan sus importantes encargos para la nobleza madrileña.
Realizará decoraciones para los palacios de Portugalete y Fernán Núñez. Escenas costumbristas para los Duques de Bailén como ‘Una fiesta del siglo XV’ o la maravillosa ‘La lección de música’. Fama y reconocimiento le reportan importantes emolumentos aumentando su prestigio.
En 1873 realizará un fructífero viaje artístico por Andalucía y al año siguiente se casa con la madrileña Elvira Fallola con la que llegará a tener cuatro hijos, el tercero de los cuales, Roberto Domingo, llegará a adquirir fama con sus pinturas taurinas.
De espíritu inquieto e inconformista, Madrid se le queda pequeño y en 1875 cambia la residencia a París, donde vivirá los próximos treinta y nueve años y a la que solo le obligará a volver a Madrid la Primera Guerra Mundial en 1914.
Sus primeros años en París encontró un mercado muy receptivo para su producción. Escenas costumbristas ambientadas en los siglos XVII y XVIII. Destacan de esta época ‘Un alto en la montera’, las históricas con Napoleón, pero las que más relevancia adquieren son las de sus mosqueteros —actualmente en El Prado—. Heredando parte de la clientela de su adorado Fortuny al fallecer prematuramente, sus marchantes franceses Henry Haro y Adolfo Goupil comercializaron su obra por Europa y Norteamérica, llegando a recibir encargos para Vanderbilt y Hutchinson para su Hispanic Society, allanando la futura colección de las Visiones de España de Sorolla y allí es donde se conserva uno de sus mejores autorretratos, llegando a ser más conocido a nivel mundial que en España.
Seguía recibiendo encargos importantes de España, sobre todo retratos. La propia Mª Cristina de Augsburgo, la reina regenta, para quien también le hizo pintar a ‘Alfonso XIII de niño’, encargo por el que recibió cien mil pesetas de entonces. Años después Sorolla cobraría ciento cincuenta mil dólares por el total de sus Visiones de España y sí, eran dólares, pero eran muchos cuadros, aunque la comparación nos sirve para destacar la importancia del pintor Domingo a finales del siglo XIX.
Recluido en su mansión de Saint Cloude, a orillas del Sena, recibía con frecuencia a sus amigos de España, Benlliure y Sorolla, promocionando sus carreras.
La Primera Guerra Mundial le obligó volver a Madrid dejando su cómoda vida parisina. Quizá por aquello de que la lejanía hace el olvido su vuelta a Madrid no fue lo triunfal que se esperaba, pero sus amigos Benlliure y Sorolla insistieron en darle el reconocimiento que se merecía influyendo para un reconocimiento oficial en la Academia de Bellas Artes de S. Carlos y el nombramiento como académico de número en la Real Academia de S. Fernando.
Aún sería objeto de un importante homenaje en su Valencia natal en 1918, con setenta y seis años, un par de años antes de su fallecimiento en Madrid, patrocinado por Mariano Benlliure, quien en 1885 le había tallado un busto en terracota, cuya reproducción en mármol blanco, seguro que a muchos nos ha llamado la atención paseando por los jardines de la Glorieta.
Pintor Domingo. (Valencia, 12 de Marzo de 1842. Madrid, 22 de Julio 1920)
Manuel Serra Meliá para el llibret de les Falles 2024


















